José Briceño Diwan

hace 2 años · 4 min. de lectura · visibility 0 ·

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Relatos de un balsero del asfalto (parte III)

Relatos de un balsero del asfalto (parte III)Punta del Diablo
Rocha, 

Llegué a Uruguay una noche de finales de noviembre, en el terminal de El Chuy me esperaba la amiga que me había invitado para allá. El viaje comenzó a gestarse un año antes watsapp mediante, la mujer me encontró en Facebook gracias a amigos comunes pues nos conocimos hace casi veinte años atrás, entre una cosa y otra me propuso irme para allá, en aquel momento la estaba pasando bastante mal en Venezuela , tenía un empleo tan mal remunerado que el sueldo no alcanzaba para pagar el pasaje ni la comida, la mujer con la que viví un par de años me había dejado, la madre de mi hija notificó la decisión de mudarse de país llevándose a la niña y por su fuese poco el casero había aumentado tanto la renta que tuve que mudarme a la casa paterna, a los 25 años quizás no era tan grave pero a los 43 era toda una tragedia griega. Con aquel panorama la exiliada en Uruguay consideró buena idea invitarme a su pueblo, donde según ella tendría trabajo muy pronto, tanta seguridad tenía que hasta puso dinero para cubrir los gastos del viaje pues a pesar de todo apenas pude reunir 600 dólares en total pero 300 se fueron en los gastos de la ida, lo que queda puede considerarse una fortuna en Venezuela, en cualquier otra parte del mundo apenas dará para un mes y eso muy ajustado.

El viaje hasta allá duró casi dos semanas pero sin la parada en Boa Vista hubiesen sido apenas cinco días con sus noches. El asunto de la llegada comenzó muy bien, en principio me dio gripe imagino que por los múltiples sobresaltos del viaje, las noches de dormir en bancos de terminales, aeropuertos, autobuses y el frio de finales de primavera que para los locales es templado pero para un caribe que nació en un sitio donde la temperatura promedio son 34° centígrados los 16 de las noches son helados. Luego de pasada la gripe comencé a conocer el pueblo, Punta del Diablo se llama, es un poblado de pescadores y agricultores donde apenas viven 1500 personas (según Google) cuya vida comercial y económica dura lo que dura el verano, todos los negocios parecieran ser familiares y los que no lo son contratan gente bella y yo no aplico en esa categoría, de paso para el momento por problemas políticos el país eliminaba los convenios con Venezuela por lo que la documentación que llevaba no servía de mucho y la residencia con el respectivo permiso de trabajo se hacía más cuesta arriba, total, una decepción.

Encontré dos empleos, uno de repartidor de volantes donde pagaban por hora pero que pronto terminó pues la persona que contrataba decide suspender el gasto de publicidad por considerarlo superfluo y el otro fue tomando fotografías de un hostal para la publicidad del mismo, ese último lo cobré muy barato pues por esos días había diseñado un plan para dar cursos de fotografía baratos a los turistas como algo para ganarme el sustento pues mi anfitriona ya estaba incomoda pues pensaba que no buscaba empleo ni nada que hacer, cosa que no era así pero es que a la gente cuando se le mete una idea en la cabeza no hay quien se la pueda sacar. La oferta incluía un supuesto empleo en la escuela que regentaba mi anfitriona o por lo menos eso fue lo que decían sus mensajes pero a los pocos días de mi llegada ya se había arrepentido de la idea pues jamás sacó el tema a colación, como soy profesor de profesión, aunque jamás lo había ejercido con niños algo se odia hacer, sin embargo cuando pasado un mes le reclamé me contestó simplemente que no confiaba en los hombres, a verdad es que la señora resultó ser una feminista militante, pero eso es discusión de otro momento, la verdad de la historia es que se me acabó muy pronto el dinero y en ese momento comenzó el suplicio formal.

Mejor no repasemos las miserias pues el texto se haría muy largo, mejor les cuento que dormí dos meses en una carpa, duchándome un día por medio y comiendo una dieta poco balanceada que me hizo rebajar hasta la anemia y en ese cuadro una infección cutánea que casi me incapacita. Lo curioso es que en donde viví compartí espacio con una compañía de circo, una maestra de escuela tan correcta que no podía funcionar sin fumar cuando menos dos porros al día con la exótica idea de que nadie más que ella lo sabía y otro grupo de gente no menos exótica. Cuando faltaban unos días para vencerse mi visa de turista y sin dinero para tramitar la documentación necesaria comencé a sufrir de una neurosis pues me imaginaba viviendo en la calle en pleno invierno, de mendigo y con esa debilidad de la anemia de seguro moría en cualquier esquina sin que nadie supiera donde, fueron muchas noches en blanco pensando en que hacer, el mundo allá no es para los viejos sin dinero.

Para hacer el cuento corto supe que tenía que irme de allí la mañana en la que estuve esperando para optar a un cargo de lavaplatos en un restaurante y a pesar de estar allí parado una hora el gerente del restaurante parecía no verme, de hecho llegó un joven quien tuvo el empleo sin preguntar ni esperar, me di la vuelta y salí de allá más deprimido que otra cosa, si me quedaba más tiempo no sé qué hubiese sido de mí. Al volver a casa y contar la tragedia, quien me tenía ya como huésped forzado decidió contarme que el año anterior se había llevado a un primo que anduvo seis meses sin trabajo pero por ser su familia a ella no le importó mucho el asunto así que me tocaba buscar para donde irme ya que llegaba el invierno, ella ya no quería que estuviese más allí, por tanto me ofreció que la ayudase a traducir y organizar un material para hacer un seminario sobre educación Montessori y me prestaría 500$ para que me mudase a Buenos Aires donde seguro encontraría mejores oportunidades por lo que desde aquel día (tres semanas antes de irme) comencé a buscar opciones laborales allá, sin embargo al investigar más me di cuenta que sin dinero la cosa sería igual de dura así que sin decir nada comencé a planificar mi regreso.

Busqué información en internet donde por cierto no hay mucha, igual decidí que de alguna manera tendría que volver, ya no por la misma ruta pues es costosa y el dinero que tenía si acaso alcanzaría para llegar a Colombia donde tocaría ser mendigo para reunir el pasaje hasta Caracas pero si había sobrevivido con casi nada casi tres meses, una semana más no me mataría y en caso tal cuando menos estaría menos lejos de casa. En efecto hice el trabajo, ayude a acondicionar el espacio donde se darían los cursos, compré un pasaje marítimo hasta Buenos Aires que debía salir la madrugada del viernes 9 de febrero, hice maletas , compre pasaje hasta Montevideo y me lance a otra parte de la aventura, esta vez sin saber nada, ni tan siquiera los horarios pues imaginé que en algún sitio habría wifi gratis y preguntando se llega hasta donde sea, total dormir al descampado había sido una constante por lo que no lo vi tan grave.

En el próximo post les contaré como fue mi paso por Buenos Aires donde la solidaridad me alcanzó haciéndome ganar algo de la confianza que había perdido en la humanidad además de algunas anécdotas de Uruguay donde a pesar de lo malo también hubo ratos muy amables.

José Ramón Briceño, 2018


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