José Briceño Diwan

hace 1 año · 4 min. de lectura · visibility 0 ·

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Estamos rodeados

 Al salir de mi trabajo, entre la puerta de mi oficina y el metro vi varios eventos que me sorprendieron por la normalidad imperante, primero me topé con unos muchachos con chaquetas negras que paraban un camión como si fuesen policías, de paso escucho la transmisión por radio de uno de los fulanos quien acusaba al camión de trabajar a las dos de la tarde sin pedir permiso a la autoridad (ellos) y que además le había levantado la mano al Yorkinson mi comandante , eso no puede pasar. Ahora me pregunto yo, ¿Cómo a una cuadra de la asamblea nacional, a dos del banco central y a escasas cinco de Miraflores? un Colectivo hace las veces de seguridad con radios y armas sin ser ningún cuerpo bajo control de la ley , pero no hay titulares de prensa, denuncias, diputados ofendidos, policías molestos, todo denota una complicidad pasmosa.


Sigo caminando y tropiezo de frente con unos policías requisando a un joven y a tres cuadras otro más, mientras a su alrededor pasan los caminantes sin que nadie reaccionara la gran cosa, todo normal hasta que contrasté estas calles a cómo son en otros países de la región, nuestra normalidad es una desgracia en cualquier parte del mundo, miré a mi alrededor para descubrir que el centro de la capital es el baño público y gratuito más grande del mundo, donde no es raro ver deposiciones frecuentes como si eso fuese parte del paisaje, la sensación de estar caminando una letrina no se me quitó hasta que estuve en el andén esperando el metro, hubo suerte , el tren que pasó tenia aire acondicionado, la ruta correcta y con vacíos sin embargo por culpa de la concurrencia en aquel vagón que parecía salida de cualquier barrio peligroso, debo admitir que estuve asustado hasta que cambié de tren cuarenta minutos más tarde , llegar a la ciudad donde vivo , bajar en la última estación que está a seis pisos bajo tierra , mientras vas subiendo con la multitud en escaleras desbordadas sientes que vas saliendo del Hades para otra parte, al salir te encuentras con una calle caótica donde toca esquivar desde vendedores de todo hasta mendigos de varias categorías que debes sortear , en ese tumulto había una niña y un niño que corrían jugando a ser motorizados que se perseguían disparando, al parecer la niña era el policía e iba soltando municiones desde su mano derecha donde portaba un índice muy derecho con gatillo de pulgar, como estaban en mi camino, la niña me miró fijamente descargando dos disparos hacia mi cabeza, se fueron con su juego hasta unos metros más allá donde volvimos a tropezar, otra vez la niña me apuntó y disparo tres balas con un muy claro sonido emitido con su dulce voz, la onomatopeya del sonido de una pistola con voz de seis años, ¡¡¡PIU,PIU, PIUUUU!!!.


Luego de toda esa fealdad natural de policías, miliares, civiles armados sin rango de agencia gubernamental pero tan peligrosos e impunes como los legales , requisas, suciedad, pobreza y (como no) cierta dosis de la muy saludable paranoia que ayuda en la labor de evitar ser asaltado siempre es bueno ver a dos niños jugando, con la sana envidia de ser pequeño otra vez, cuando la vida era muy simple , es normal que se alegre un poco el rato hasta que caes en cuenta que los niños no estaban jugando a la “ere” ni otra inocente parodia para divertirse, estaban escenificando la persecución entre dos criminales por dejar claro quién es más poderoso, por eso las motos y las balas eran parte de su puesta en escena lo que es un síntoma muy malo. Dudo que mi mamá hubiese dejado pasar la oportunidad de regañarme en toda la regla con castigo incluido si me encontraba inmerso en algún juego donde todos fuésemos los malos, que robáramos, que matásemos sin que estuviésemos encarnando alguna figura vengadora, tipo el policía que frustra un robo y mata al atacante, el soldado en la trinchera matando al enemigo, donde ser el malo de la ecuación era una suerte de castigo por haberse dejado quitar el papel , no una obligación como parece ser ahora, hasta la mamá de los otros jugadores se hubiese llevado su lio por permitir que sus niños estuviesen practicando juegos diabólicos donde todos eran los malos, siempre puedo pensar que cometo una exageración, cuan complicado es este asunto de la violencia como parte del gentilicio que hasta vi a dos niños jugar a matarse por ser los más fuertes, viles, violentos y criminales malandros del barrio.


Cuando las madres apañan estos juegos se ejerce un modelo ajustado a alcanzar aspiraciones familiares nada sanas que impliquen ganar más dinero sin esforzarse años de estudio o preparación con el muy loable fin de comer carne tres veces al mes, un mejor televisor, el equipo de sonido más estridente, licor a mares cada fin de semana siendo el más envidiado del barrio, es la violencia como el más simple valor para superar la miseria, la salida fácil. Aunque peque de determinista estoy seguro que esos niños, hermanos, dentro de apenas seis años, ella será madre del hijo de otro adolescente cuyo único aporte a la sociedad es ser el más bravo, con eso resuelven (hipotéticamente) comida, protección y alguna que otra diversión, el hermano pertenecerá a alguna banda por la misma razón, tendrá una moto, pistola al cinto, anís con fructus como coctel básico, bazuco, perico o monte como parte de la dieta de mantenimiento (preferiblemente mezclado) , por esa razón abandonará el liceo o la escuela , una para ser madre y el otro para seguir el camino de la violencia esperando escalar para poder ejercer su derecho de pernada sin mayores consecuencias en el barrio. Si ese es un valor tan arraigado que hasta está en los juegos infantiles está, puedo asegurar que el futuro está muy oscuro, la caldera hierve y en cualquier instante se desborda en una pelea entre malos y peores que eso no es exclusivo de las clases más bajas, en las agonizantes clase media y media alta seguramente habrá niños jugando a sicarios y matones con Iphone 11 , Internet satelital, cargo de ministro, escoltas o ejércitos a disposición, soñando con ser gloriosos generales , excelentísimos ministros, señoriales jueces, ilustres gobernadores o CEO de alguna trasnacional tipo Odrebech.


Otra perturbadora pregunta que quedó en el aire fue la razón de que la niña, ignorando a los otros caminantes se fijó en mí para decidir que yo también soy el enemigo, la conclusión fue que en realidad ella consideró que yo soy el enemigo, porque represento todo lo que ella entiende como opuesto natural. Lo escalofriante es que los niños de la historia representan a más del 70% de mi país, estamos rodeados.

José Briceño, 2019

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