José Briceño Diwan

hace 2 años · 3 min. de lectura · visibility 0 ·

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Monologo de un naufrago del mar de la felicidad

 Estoy atravesando una crisis con la gastritis y la única opción por la que puedo aducir para justificar esta crisis es por estrés, luego, acto seguido discuto la tesis pues por lo general el culpable básico de tal afección es el desgaste laboral y la verdad tengo un empleo muy poco estresante, sin embargo creo que quizás la quincena insuficiente, el drama del transporte público, EL METRO DE CARACAS, la situación país y la incertidumbre del difuso mañana sean más que suficiente para estar estresado. Luego pienso que de verdad estoy haciendo un esfuerzo inmenso para encontrar el equilibrio interior ya que no importa cuánto me angustie, grite, pelee o me infarte a diario, nada va a cambiar por lo que no tiene ningún sentido andar buscando el lado amargo de todo, más bien hay que estar claro en buscar la manera de convertirse en mayorista de pañuelos para vender en este valle de lágrimas por el que viajo todos los días.

En ese instante recuerdo que a pesar del intento de autocontrol, cuando algo me enfurece siempre termino a dos segundos de claudicar ante el impulso de ejercer la violencia ante el inmenso cumulo de pequeñas injusticias que se sufren a diario, desde la ausencia del gas doméstico hasta el empobrecimiento continuo y sin escapatorias del que somos víctimas con el añadido trágico de que parecemos entusiasmados con más gusto de ver el desastre, como si de una buena serie de HBO se tratase antes que tomar cartas en la cuestión como un bloque de resistencia cívica, sin las goteras que ahora tenemos para solucionar el asunto, de hecho, tengo la impresión de que el miedo cerval es parte de la naturaleza humana y no la rareza estadística con la todos nos empeñamos en querer creer. Eso forma parte de un agudo síndrome de estrés determinado por la naturaleza del ecosistema que toca vivir, pero como todos somos miembros de la misma tripulación el accionar social está determinado por censurar gravemente esas explosiones emotivas, debido a la obligatoriedad con rango constitucional de aceptar que nada está mal para evitar ser despedido del trabajo , que si con sueldo eres mendigo, sin él estás muerto , razón más que suficiente para ahogar de manera inconsciente cualquier acto lesivo a la frágil posición laboral, aunque mala, la situación siempre puede ser peor.

Esta “normalidad” donde la gran puesta en escena que es la vida se pone a prueba obligándote a jugar a ser un personaje feliz mientras el velorio anda por dentro, sin tener más que pensamientos reprimidos sobre los cien modos en los que te provoca estrangular a los compañeros de trabajo, patear al conductor que apaga el aire acondicionado de los vagones del metro, las señoras y señores que se escandalizan porque abres las ventanillas de un tren sin aire pero con mucho ciudadano feliz de tener quien les haga más miserable la vida de pobres, de lanzar piedras a los bancos donde te dosifican el poco dinero que tienes en efectivo, al pana de la bodega que aumenta sus precios en cuando menos 30% al día con la muy real excusa de la inflación y el costo de reposición de la mercancía como forma de hacerte menos ruda la bronca y así un larguísimo listado de violencias que cada día toca reprimir en pos de la convivencia social.

Como si fuese poco , ya sabes que en todo caso no hay maneras de pagar tratamiento médico alguno , mucho menos la consulta con un especialista , lo que en mi caso estoy seguro es un ataque de gastritis debido al estrés causado por aparentar que no sufro estrés , pensando siempre que mi trabajo no da angustias por lo que no tengo derecho a sentirme mal, entonces claudico a la evidencia de que el país me está matando y no puedo hacer mucho por evitarlo, el estrés sube y ya llega un momento donde los protectores gástricos pierden efectividad por lo que será de pronóstico reservado

Es tan rudo el asunto que hasta renunciar al trabajo, olvidarme hasta de que el metro existe, gastar toda mi liquidación en cigarrillos de contrabando para vender en casa (que parece más rentable que tener empleo formal) , dejar de lidiar con el mundo exterior como medida de supervivencia emocional, lo peor es que ni así voy a dejar de lado el estrés. En países con economías decentes el estrés da por otra cosa, mucho trabajo, exigencias laborales siempre en asenso por lo que estás a dos aguas entre tu casa y tu empleo, muy poco tiempo libre o una rutina que termina por asesinar al más pintado, aquí te da precisamente porque no hay modo elegante con el cual disfrutar ninguna rutina, nada es estático pero no por mejorar, todo lo contrario, puedes tener tu jornada perfectamente planificada pero se puede ir la electricidad , una huelga de transporte, se funde un metro, protestas, un tiroteo en la parada, te robaron, presenciaste un atraco, llueve y hay inundaciones, la plataforma de pagos está caída, los bancos no tienen efectivo, el presidente decreta un festivo intempestivo , cualquier cosa puede suceder así que de verdad en Venezuela la única rutina que pervive es la del malvivir, ahora como la harás, es otra historia, por qué a pesar de todo eso de estar bien o mal es relativo , sobre todo ahora que pienso que mi sueldo es menos de lo que gana por hora un recluso en Estados Unidos donde hay quienes protestan pues se consideran mano esclava por obtener miserables 54$ al mes, mientras yo acá gano 32,25$ al mes, 1,07$ diarios .

No hay suficiente Omeprazol para tanta “normalidad” venezolana.

José Briceño 2019

Monologo de un naufrago del mar de la felicidad

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